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24/9/08

Mendel y los guisantes de la discordia


El debate abierto por la publicación del libro La Razón Estrangulada que se comentaba hace unos días en este blog, me ha hecho recordar una discusión de la que fui testigo hace unos años y que está relacionada directamente con la divulgación del conocimiento y el concepto de ciencia.

Estaba en una clase de traducción científica y la profesora estaba haciendo una disertación sobre qué es la ciencia. Todo iba sobre ruedas hasta que la profesora dijo que en el concepto de ciencia estaba implícita la transmisión del conocimiento, es decir, que si se genera conocimiento pero este no se transmite no hay ciencia. Esa afirmación levantó ampollas entre algunos de nosotros, sobretodo, de los que nos considerábamos, en ese momento, científicos, pero en especial de una de las alumnas que empezó a discutir con ella. Si no recuerdo mal, se puso como ejemplo a Mendel. La alumna defendía que aunque jamás se hubieran descubierto los famosos experimentos de Mendel donde se establecían las bases de la herencia, Mendel debería ser considerado un científico que había hecho ciencia. En contraposición, la profesora afirmaba que si ese conocimiento nunca hubiese visto la luz, Mendel no podría ser tratado más que como un aficionado que se divirtió en su huerto cruzando guisantes y que, por tanto, sus experimentos no podían considerarse científicos.

Aquella discusión acabó bastante mal, sobretodo, porque el argumento que utilizó la profesora para zanjar el asunto fue decir que eso era así porque ella era la profesora y punto. Un argumento casi ofensivo teniendo en cuenta que todos los alumnos de aquella clase nos considerábamos adultos con criterio capaces de juzgar las opiniones de los demás. Huelga decir que la alumna no volvió jamás a ninguna de las clases de aquella señora.

Lo cierto es que a mí, en ese momento, me pareció obscena la idea de que Mendel podría no ser considerado científico solo por el hecho de que nunca se conocieran sus experimentos. ¿No puede considerarse «científico» un experimento, independientemente de lo que se haga después con la información que genera? Pero, por otro lado, si el conocimiento que genera un investigador con sus experimentos nunca se transmite, ¿para qué sirve? Al final he llegado a la conclusión de que no sirven para nada. Con los años me he dado cuenta que sin divulgación no hay ciencia. Y esa afirmación ha caído sobre mí casi como una revelación divina.

Y esto me lleva a otra reflexión, ¿cuántos de los que nos llenamos la boca diciendo que somos científicos somos conscientes de la importancia de la divulgación del conocimiento? Yo creo que hay pocos «científicos» que lo sepan. Y hablo también por experiencia personal. Yo me pasé ocho años en una facultad de ciencias y jamás fui consciente ni nadie me hizo ver la importancia de transmitir nuestros conocimientos a la sociedad. Aunque pueda parecer irónico, no me di cuenta hasta que pisé por primera vez una facultad de letras.

Y ahora lanzo balones fuera, ¿no deberían las facultades de ciencias incluir en sus planes de estudio alguna asignatura donde se trate (o al menos se nombre) la importancia de la divulgación de la ciencia y su papel en la sociedad?

2 comentarios:

María dijo...

Totalmente de acuerdo, Verónica.
Me uno a tu propuesta final. Este aspecto no se contempla para nada en los planes de estudio y es una parte igual de importante o más que el resto de aspectos relativos al mundo científico.

¡Gracias por vuestra iniciativa y la labor que realizáis en ese sentido desde este blog!

Verónica dijo...

Muchas gracias María, siempre se agradecen mucho los comentarios.
Desde aquí estamos intentando aportar nuestro granito de arena a la divulgación científica, esperamos de verdad que sirva para algo. De momento nos damos por satisfechos de saber que alguien que nos lee y nos comenta.